Formas de amar

Como estamos cruzando el comercialmente famoso “mes del amor”, hoy hablaremos sobre el acto de amar. Una emoción sobre la cual se ha meditado, filosofado, analizado, discernido, juzgado y evaluado sin mayor éxito. Pues estoy segura que hay tantas formas de amar, cuantos seres pueblan este planeta y los demás universos circundantes, que fluctúa de acuerdo a las interrelaciones, los choques, los apegos, los tiempos y los espacios. Por ello hablaré desde mi propia experiencia. Como siempre digo, la única que conozco a cabalidad.

Tuve la posibilidad de alimentar el amor a mis taitas desde que nací, allí se inicia el encuentro con la esencia de mis afectos. Este es un amor que se nutre con el crecer y se refuerza con la lucha interna por la dependencia y la independencia; es un apego incondicional lleno de condiciones y límites, un cariño permanente que, sin saberlo, adolece de repetidas sensaciones de abandono. Un amor poderoso el cual solamente se estructura (y me estructura), me contiene y sana desde la admiración, la gratitud y el respeto. Así honro a mis padres con un amor maduro que me hace valorarlos cada día y en cada paso que me corresponde dar. En esta línea está el amor a los suegros también.

Luego me encuentro con la alta y variada gama de enamoramientos, ilusiones, aficiones, espejismos, deseos y pasiones. Una clase de amor que me subió y bajó en una especie de montaña rusa fascinante y peligrosa. He vivido historias que me maravillan, me sorprenden, me avergüenzan, me sacuden, me dan vértigo, me acunan y me enseñan. Varios y muy profundos “amores de mi vida” han desfilado frente a mi corazón. Sin embargo, desde hace 27 años puedo gozar del puerto seguro de un hombre que se adapta a mi aventura afectiva con orden y desorden (de acuerdo a las circunstancias), pero con quien descubrí que este amor surge del deseo, el respeto, la solidaridad, la capacidad de sorprenderme, el don que tiene de fascinarme y la mágica ruta de mirar juntos un horizonte compartido.

Y en este punto vivo entre las venas de mi piel, el amor a la sangre de mi sangre, a la carne de mi carne: los hijos. Este sentimiento poderoso que hizo que surja una fuerza que nunca creí poseer, una ternura que me forzó a ser responsable, ecuánime, valiente, luchadora, maestra, albañil, plomera, doctora, abogada e incluso sacerdotisa. Este extraño sentimiento con el que me enfrenté cuando salieron de mi vientre estos seres hermosamente frágiles, que dependían de mí y sobre cuya psiquis me sentí absolutamente responsable por el resto de su vida. Esos espíritus con los que ahora soy amiga y socia, cómplice y encubridora, madre y jefa y a los que disfruto verlos volar en libertad. En esta línea está también el fantástico amor irresponsable de abuela, premio al coraje de haber salido adelante con los hijos.

Cuando se llega a cierta edad se regresa a ver y descubres la magia del amor Fraternal. Ese afecto libre, despreocupado y honesto que profesamos por los hermanos de sangre, ya adultos y con sus vidas vividas. Entonces, súbitamente, brinca de entre mis sonrisas el amor a los hermanos elegidos, a esos “amigos del alma” que están al otro lado de todas las historias; listos para reír, abrazar, aconsejar, apoyar, danzar, caminar o detenerse a nuestro lado. Los “panas” son panes calientes que alivian nuestra hambre de compañía y apoyo.

Toda esta ruta transitada, me enseñó algo básico en mi ser: habría sido imposible dar amor, vivirlo y gozarlo si no hubiera hecho un gran ejercicio de enamorarme a mí misma. Querer incondicionalmente y sin culpas a la persona imperfecta que escribe estas líneas, al ser frágil y sutil, a la mujer fuerte y perspicaz. Amarme gorda, atrasada, caótica, despeinada, furiosa, llorona, hábil e inútil. Una tarea que tomó años pero que siento valió la pena. Cuando hago esta retrospectiva de mi vida, miro el cielo azul que cubre mi caminar, descubro las montañas y sus verdes, las vacas y los campos con frutos, los hombres y mujeres avanzando entre mis días; siento el viento a mis espaldas y el sol calentando mi piel, escucho el canto de los pájaros y el chispear de las sequias…Entonces mi Alma se estremece y descubro la esencia del Amor. El espíritu mismo del Dios que, en perfecta armonía, me ha permitido gozar del milagro de existir. Una profunda sensación de humildad se apodera de mi corazón y solo canto ¡Aleluya! ¡Aleluya Gloria al Amor!.

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